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A pie de calle

El blog de opinión de Manuel Valenzuela para ELCONDADOAHORA.COM

DE CUANDO SAN JUAN BAUTISTA DIO SU NOMBRE A LA VILLA DE LAS NAVAS DE SAN ESTEBAN

02/07/2012 a las 18:09

Muchas veces me he preguntado sobre quién sería el primero en llegar a nuestro pueblo para quedarse a vivir entre sus gentes. Si Juan el Bautista o María de Nazaret. Porque de la presencia de ambos se conservan testimonios antiguos. Pienso, sin embargo, que primero fue el pueblo y sus gentes, llamados naveros porque sus humildes casas habían sido levantadas en la suave nava o llanura que se extendía entre los cerros de La Atalaya y el que más tarde sería llamado de San Gregorio. Dice la historia, que de estas cosas guarda valiosos recuerdos, que cerca de aquel puñado de casas discurría un ancho Camino o Paso que se dirigía a Roma -todos  los caminos llevan a Roma, solía repetirse- y unía puntos tan distantes entre si como Cádiz y Tarragona. Y que a la altura de aquella nava, muy cerca del arroyo  de su mismo nombre, había una estación que, por estar junto a una morera, aparecería más tarde con el nombre “ad morum” en el itinerario grabado en unos cilindros de plata hallados en las termas de Apollinaris y que dicha parada serviría para que las bestias, los carros y los viajeros descansaran durante una jornada de camino. Por aquél ancho camino y arrancando desde la Tarraconense penetraron en tierras de Hispania siete varones “cristianos” –así llamaban a los seguidores de Cristo- que enviados por los cabezas de la iglesia primera, los apóstoles Pedro y Pablo se dirigieron a la Bética para dar noticia de la persona y de la doctrina de Jesús de Nazaret, profeta grande ante Dios y los hombres que nació en la provincia romana de Palestina, en el Oriente medio, y que pasó haciendo el bien.. Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio o Isicio, fueron sus nombres.

Y entre las primeras enseñanzas transmitidas por aquellos varones apostólicos oyeron los naveros de entonces, de los de cuando el Imperio Romano, que Jesús de Nazaret había nacido de una virgen, desposada con un varón llamado José. Y que el nombre de la virgen y madre era María. Y que desde el comienzo de la vida de Jesús hasta su muerte en la Cruz y su resurrección María estuvo al lado de su hijo y de los amigos de su hijo arropándolos con su calor de madre. Y cuentan las crónicas que los naveros quisieron desde entonces tener a María, la Madre de Jesús, también como madre y como modelo o Patrona en quien fijarse para poder seguir tras los pasos de su hijo. De modo que, pasados los siglos, las gentes de este pueblo, aprovechando un viejo torreón abandonado por los árabes en su precipitada huída hacia Granada huyendo de los nobles cristianos levantaron una Ermita para honrar a la Madre de Dios como Patrona de este lugar de las Navas, poco más tarde conocido como “de San Esteban del Puerto” por pertenecer a la jurisdicción de dicha Villa. Término este, “jurisdicción”, inventado por los hombres para justificar que unos pueblos estaban por encima de otros y que unas personas eran consideradas y se consideraban a si mismas superiores a otras que, a su vez, eran consideradas y se consideraban a si mismas inferiores o súbditos.  El Imperio de Roma y los árabes habían desaparecido en los caminos de la historia pero otros habían ocupado su lugar, de modo que aquellas gentes, los naveros de entonces, su Ermita y el lugar mismo de las Navas “pertenecían” a San Esteban del Puerto, por aquello de que entre los hombres, los más poderosos o los amigos de los más poderosos, sometían a los más débiles y los trataban como esclavos hasta el punto de que tanto los naveros mismos como sus haciendas y hasta  sus mismas creencias les pertenecían. De ahí que el nombre del pueblo, que hasta entonces había indicado el lugar de su asentamiento, comenzó a ser conocido como Lugar de la Navas de San Esteban del Puerto, nombre que indicaba su nueva relación de dependencia y sujeción respecto al vecino pueblo, a sus autoridades y a su justicia.

Y desde el tiempo de los varones apostólicos los naveros de entonces, los del Imperio Romano, también habían oído contar que unos meses antes de que Jesús hubiera hecho su manifestación pública como Profeta y enviado de Dios, más aún, como el mismo hijo de Dios hecho carne, en la misma provincia romana de Palestina, hacia el otoño del año 27 o en la primavera del 28 apareció también un joven profeta independiente y original:”Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán”. Un hombre que no pretendía ocupar el sitio de quien venía detrás de él, al que no era digno ni tan siquiera de desatarle la correa de sus sandalias. Aquel profeta invitaba a todos los corazones a la conversión y a poner a Dios en el centro de sus vidas.  Un hombre joven que no tardó en jugarse la vida por echar en cara al virrey Herodes, la autoridad civil de su pueblo, el pecado de estar viviendo con la mujer de su hermano Filipo. Y los naveros quedaron impresionados por la reciedumbre y el coraje de aquel hombre capaz de perder la vida por ser fiel a su misión de denunciar el mal incluso a los que ostentaban el poder y la fuerza. Y desde entonces decidieron adoptarlo como Patrón y modelo de su pueblo. De este modo Juan el Bautista o el Bautizador, como era conocido aquel Profeta -porque bautizaba con agua en las orillas del río Jordán-, se convertiría en adelante para los naveros  en su Patrón a quien tratarían de imitar viviendo con dignidad ante la opresión de los fuertes y poderosos. Así fueron pasando los años y creciendo el cariño y la devoción de los naveros por María de Nazaret, a la que llamaban ya abiertamente Nuestra Señora de la Estrella, y por Juan el Bautista, a quien pronto se acostumbrarían a llamar simplemente San Juan.

Pasaron siglos de dependencia de nuestro pueblo en relación con la Villa de Santisteban del Puerto. Y después de un largo camino recorrido con tenacidad y sacrificio sin par, el veintiuno de enero de 1802, Carlos IV firmaría en Aranjuez la Real Cédula mediante la cual “…hacía Villa de por si y sobre si, con jurisdicción civil y criminal alta y baja, al Lugar de las Navas de San Esteban  del Puerto”. Y al siguiente día, “…el 22 de enero de aquel mismo año, en la Villa de Madrid, el Escribano de S. M., Receptor de los Reales Consejos, requirió con la Real Cédula  al Sr. Don Bernabé de Armendáriz, Oficial de la Secretaría de Cámara  de Castilla, quién enterado de su contenido dijo que la obedecía con el respeto debido y que en su conformidad estaba pronto a pasar al dicho Lugar de las Navas de San Esteban del Puerto y ejecutar lo que en ella se manda. De manera que, según dicho documento, debía de desplazarse al Lugar de las Navas para darle posesión de la referida gracia y asimismo averiguar los vecinos que tiene dicha Aldea, contando a casa hita, con especificación de los sacerdotes , viudas y menores que hay en ella, ocupando en todo lo cual treinta días o los que menos fueren menester con más los de ida a dicha Aldea y los de vuelta a la Corte, considerando a razón de ocho leguas por día y llevando de salario en cada día dos mil doscientos maravedíes de vellón... De este modo, el día 23 de de dicho mes, siendo las nueve de su mañana, salió el tal don Bartolomé de Armendáriz, Juez de esta Comisión, de la Villa y Corte de Madrid y se dirigió “vía recta”  al Lugar de las Navas de San Esteban para ejecutar lo contenido en la Real Cédula, habiendo llegado a dicho Pueblo el día veintiocho de dicho mes de enero a las tres de su tarde, hecho que certificaría Manuel Lozano. “…Y el mismo día veintiocho, el Juez de la Comisión enviada de Madrid mandó que los Alcaldes pedáneos juntaran a los señores que componían el Ayuntamiento y a los demás vecinos a son de campana tañida para que a las cuatro de aquella misma tarde concurrieran  en las Casas del Ayuntamiento para hacerles notoria la Real Concesión y el Privilegio de exención que se le ha concedido de la Jurisdicción que sobre ella tenía la Villa de San Esteban del Puerto, según lo que se previene y manda por el mencionado Real Privilegio de Villazgo expedido en el Real Sitio de Aranjuez a veinte y uno del corriente mes de enero y año de la fecha” .

Pero mucho antes de aquellos actos que darían cumplimiento al sueño de libertad acariciado durante tantos años, los naveros con una “determinada determinación” -como hubiera dicho Teresa de Jesús-  habían decidido que cuando llegara el momento esperado se dirigirían a la autoridad competente para exponerle su voluntad de que, puesto que así venían viviéndolo de generación en generación, querían que su pueblo recibiera el nombre de Villa de las Navas de San Juan Bautista en lugar Villa de San Esteban del Puerto concedido por la Real Cédula, puesto que el dicho Señor San Juan Bautista era venerado como Patrón de este  pueblo desde tiempo inmemorial. Y así lo hicieron. De modo que acabado el acto de la toma de posesión del título de Villa independiente, “quieta y pacíficamente, sin protesta ni contradicción alguna…”, y una vez practicadas las correspondientes diligencias, “…el Sr Escribano de S.M. y Apoderado de este Lugar de las Navas de Santisteban del Puerto presentó ante el Señor Juez Comisionado, con el debido respeto, un Memorial en el que decía lo siguiente: Que el Rey Nuestro Señor, que Dios guarde, se ha dignado conceder al citado Pueblo el Real Privilegio de Villazgo… y que desea el suplicante con todos los vecinos del citado Pueblo se nomine en lo sucesivo la Villa de Navas de San Juan a causa de ser Patrono y titular del repetido Lugar el Señor San Juan Bautista, por cuya causa todos sus vecinos le tienen la más fervorosa devoción y para que esta siga en el mismo fervor en estos naturales y en sus descendientes y que se distinga con el citado renombre este Pueblo de otras Villas que se nominan de San Esteban del Puerto. Por tanto a V. suplico se sirva acceder a esta tan justa solicitud que el suplicante hace a nombre de todos los vecinos de este Pueblo, de que desde el acto de la Posesión que va citada se nombre a la Villa de las Navas de San Juan en todo lo que recibiera merced. Navas de San Esteban del Puerto, veinte y ocho días de enero de mil ochocientos dos. Félix de Córdoba y Lara”. “…Ante cuyo Memorial, don Bernabé de Armendáriz, Oficial de la Secretaría de la Cámara de Gracia y Justicia del Estado de Castilla y Juez Comisionado para darle Posesión de Villazgo a esta Villa de las Navas, emitió el Edicto siguiente: Hago saber haber dado a dicha Villa de las navas la Posesión  Real, actual, civil, natural, vel quasi y en forma de Real Privilegio de Exención que ha obtenido a su favor, cuyo acto se verificó en el día de ayer del presente mes y año de la fecha haciéndola Villa de por si y sobre si, con jurisdicción civil y criminal alta y baja… libertándola de la que sobre ella tenía la Villa de Santisteban del Puerto y porque tiene tomada dicha posesión con el nombre de Villa de las Navas de San Juan Bautista, según lo ha solicitado y se accedió por dicho Señor Juez, quieta y pacíficamente… conviene al servicio de S. M. y buena administración de Justicia que todas las personas estantes, residentes o que transitaren de paso en ella, lo tengan entendido así y no aleguen ignorancia. Y mando que ninguna persona de cualquier estado o condición que sea, no sea osado a perturbar ni inquietar de modo alguno a esta citada Villa en dicha Posesión bajo pena de doscientos ducados…, y para que llegue a noticia de todos se fija este Edicto en la propia Villa de Navas de San Juan Bautista a veinte y nueve de enero de mil ochocientos dos. Bernabé  de Armendáriz. Y en aquel mismo día quedó fijado el edicto referido en una tabla pendiente de un clavo en la fachada principal de las Casas Consistoriales que se hallan en la Plaza pública de esta Villa”.

Cuenta el relato apócrifo escrito por un navero anónimo, vecino de la recién estrenada Villa de las Navas de San Juan, que aquella noche Juan el Bautista corrió presuroso a compartir con Santa María de la Estrella, estante en su Ermita como a una distancia de algo más de media legua del pueblo hacia el Sur, la noticia de que los naveros habían obtenido del Comisionado del Rey el beneplácito a su vieja aspiración de que el pueblo fuera nominado por siempre jamás como Villa de Navas de San Juan Bautista.

El Camino hacia la Ermita se hizo largo por la impaciencia de Juan en recorrerlo para darle a María aquella buena noticia cuanto antes. Y aunque se lo conocía al dedillo -sus escapadas a la Ermita de la Estrella para visitar a María eran más frecuentes de lo que la gente pudiera pensar- aquella noche estuvo a punto de rodar por Cuesta blanca. Y tras un breve respiro en la Fuente del Rosal se dejó caer por el camino que discurría junto al arroyo que venía de Cañada lóbrega y atravesaba el Ejido de la Estrella para seguir su camino en busca del río Guadalimar. Desde allí, desde el Llano de la Estrella, entre las sombras alargadas de su viejas encinas, se dibujaba cercana la imagen la Ermita donde Santa María vivía desde siglos atrás. Sin despertar al Ermitaño y estando cerrada la puerta Juan el Bautista entró en el silencio de la Ermita (cosas propias de los santos y amigos de la madre de Jesús de Nazaret, pensó el autor del relato) y se sentó en el suelo, muy cerca del Camarín donde se encontraba la Virgen de la Estrella. Y fijando los ojos en los de María de Nazaret, desde hacía mucho tiempo Patrona de los naveros con el nombre de Nuestra Señora de la Estrella, apenas si se atrevió a musitar palabra alguna más que el nombre con que la había saludado el ángel varios siglos atrás: “¡Miriam!”, “¡María!”, dijo Juan. Ella, María, sin mediar palabra, porque conocía mejor que nadie el corazón de Juan -no en vano lo había visto saltar con gozo en el vientre de Isabel, su madre, cuando fue a visitarla a la montaña de Judea- le sonrió con la sonrisa que eternamente regala su dulce y maternal mirada. Bajó de su Camarín -el autor no dice cómo en su relato ni tiene por qué hacerlo-  y dio sendos besos a Juan en sus mejillas al mismo tiempo que le musitaba la palabra misma que hacía muchos años  había oído a su hijo en la alegría de la Pascua de Resurrección: “¡Shalom!”, “¡Paz!”. Aquella noche se hizo eterna en el recuerdo de  acontecimientos de los que ambos habían sido protagonistas mucho tiempo atrás, aunque, a decir verdad, el único y más importante protagonista de aquella historia que había marcado las vidas de Juan el Bautista y de Santa María de la Estrella era Jesús de Nazaret.

Y desde aquel 29 de enero de 1802, la Villa de las Navas de San Esteban pasó a ser nominada Villa de las Navas de San Juan Bautista para siempre jamás.


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