CON LOS MUFLONES EN EL GORGORITÓN
23/04/2012 a las 17:38
A eso de la media mañana un amigo me llama por teléfono y me pregunta si podemos charlar un rato. Me encuentro trabajando en mis cosas, como suelo hacer hasta las doce, y hago un paréntesis. Durante un buen rato hablamos distendidamente de "nuestras cosas" y al terminar me bajo para el paseo cotidiano hasta la Cruz de piedra con mi hermano Fernando, Juan Olivares y Juan de Dios Peláez. Hacia la una nos encontramos de nuevo en la Plaza de la Iglesia y antes de despedirnos quedo con Juande en que a las cuatro y media saldremos a dar una vuelta por los Araúces en el todoterreno. De modo que a la hora indicada nos encontramos por el Camino del Tostadero para meternos en la Sierra. Pero he aquí que al pasar por los Araúces decidimos seguir hacia La Carnicera para bajar en busca del Gorgoritón.

Dejamos las ruinas de La Carnicera a nuestra izquierda y atravesando el "quebrantapatas" que impide que los animales se salgan de la dehesa nos dejamos caer en busca del Gorgoritón. La sierra se muestra todavía reticente a la presencia de la hierba y tan solo encontramos en algunas zonas umbrías el suave pespunte verde sobre el ocre de la tierra que está recobrando la vida. Dejamos el todo terreno en el anchurón de una curva a nuestra izquierda y comenzamos a caminar hacia el Cerro del Gorgoritón. Allí en lo alto vemos pasar las nubes blancas entre jóvenes chaparros, empujadas por un viento frío que se mete en los huesos.

Es la primera flor de jara que me encuentro en esta primavera. Apenas si tímidamente ha comenzado a mostrar sus colores al sol de la media tarde y sus hojas se resisten a abrirse de par en par a la luz y al viento de la tarde. Las puntiagudas hojas de la planta, verdes y pegajosas, son como los restos de placenta después de un parto primerizo. Dentro de un par de días la jara se mostrará ancha y abierta como la palma de una mano amiga y la sierra se vestirá de blanco como si una copiosa nevada se hubiera dejado caer en su piel.


Y desde lo alto del Cerro del Gorgoritón el río nos llama, desafiante, a que bajemos a su encuentro a través de las trochas y senderos que los animales dejan entre la maleza y pedregales del monte. La luz dibuja con un fino trazo de plata el camino que a la izquierda baja hacia el Gorgoritón y que, pasado el puente, se dirije en busca de tierras del Ateril de los Cuernos. La sombra de las nubes recorre velozmente las lomas y hondonadas del lugar sin que la sierra le ponga barrera alguna. Juan de Dios y yo comenzamos a bajar dando uno y mil rodeos en busca del puente que deja pasar el río entre sus fuertes piernas de hormigón.

Y en un arroyo nacido de las recientes lluvias caidas en la Sierra, Juan de Dios se aboca para sentir el gozo de sus aguas frescas y cristalinas. Pero los años no pasan en valde y a uno esta imagen cogida al bueno de Juande sin que lo sepa le recuerda el inicio de aquél estribillo de la zarzuela "La segadora":
"ay, ay,ay, ay, qué trabajo nos manda el señor,
levantarse y volverse a agachar
todo el día a los aires y al sol..."

Hemos llegado al puente sobre el río Guadalén en el paraje conocido como "El Gorgoritón". Y mientras yo me dedico a hacer fotografías del entorno, Juan de Dios, prismáticos en ristre, otea el panorama. De pronto me avisa que una manada de cabras montesas se encuentra a media cará del cerro. ¿Dónde?, le pregunto. A tu espaldas, me dice la voz que llega desde los alto del puente.


Me doy la media vuelta y, efectivamente, una docena de las que Juande había identificado como cabras se encuentran en medio del pedregal del cerro que sirve de telón de fondo al río. Me dirijo hacia ellas a través de los charcos que el agua ha dejado en el suelo pizarroso hasta quedarme quieto, como un pasmarote, a unos doscientos metros de la manada.


¡Ni que fuera un cazador que, de pronto, se encuentra con un grupo de muflones ante su postura! Porque se trataba de una manada de muflones y no de cabras montesas, que en este paraje no las hay, como me había avisado Juan de Dios. Los animales se me quedan mirando fijamente como si estuvieran pendientes de cada uno de mis movimientos por imperceptibles que fueran. ¡Qué impresionante estampa! Os digo sinceramente que en ningún momento se me pasó por la cabeza el deseo de haberlos tenido en el punto de mira de un arma, cosa que en toda mi vida he cogido.

Un muflón, que se ha quedado rezagado de sus hermanos me parece como si fuera el padre de todos los muflones de Sierra Morena. ¡Qué estampa! A los pies de un arroyo, que aún baja seco, y arropado por unas ramas de jóvenes acebuches, las orejas pinas y los ojos fijos en los de mi cámara, me ofrece esta imagen que para mí ha sido todo un valioso regalo de la experiencia nueva vivida en esta tarde de primavera.

Y cuando se han cansado cansado de mirarme y yo ni tengo idea del tiempo que he dedicado a tomar fotografías -según Juan de Dios una media hora- los muflones en rigurosa fila atraviesan la calvera pizarrosa del cerro y se dirigen probablemente a un sitio tranquilo donde puedan beber agua en algún remanso del río.


Dejo atrás la chorrera que lleva al remanso del puente y atravieso el pizarroso margen izquierdo del río acompañado por la luz que refleja el gris plomo de las lastras. Andamos camino arriba y tras una media hora llegamos al aparcamiento donde dejamos el todoterreno cuando llegamos a primera hora de la tarde. Cogiendo de nuevo el todo terreno y emprendemos el viaje de vuelta a las Navas comentando la gozosa experiencia vivida de nuestro primer y gozoso encuentro con los muflones del Gorgoritón.